¿Cuál es la virtud que distingue a los discípulos de Jesús?

Escrito por: Andrés Cardona

INTRODUCCIÓN

Para poder responder a la pregunta ¿cuál es la virtud que distingue a los discípulos de Jesús?, primero analizaremos los fenómenos que están presentándose en el mundo respecto al enfoque y desarrollo del cristianismo. En un estudio, financiado por The Pew Charitable Trusts y la Fundación John Templeton, que tuvo como propósito comprender el cambio religioso y su impacto en las sociedades de todo el mundo, se realizaron varias encuestas para analizar dicho cambio. Aunque el estudio fue demasiado exhaustivo y concluyente en diversos temas, para lo que concierne a este artículo mencionaremos lo siguiente:

  • En América Latina, se describe el escenario del cambio religioso (entiéndase cambio religioso, como el paso de cualquier individuo al cristianismo y la afectación cultural de este cambio) como aquel en donde el individuo quiere un estilo diferente de adoración o una iglesia que le ayude más a su perfil. En este caso, la identidad como protestante es asumida de acuerdo a las practicas de culto, concurrencia a las reuniones, pensamiento e ideología social.
  • En Estados Unidos, el panorama muestra un enfoque no dogmático, de tal modo que se piensa que la Escritura puede tener diferentes interpretaciones y que es posible llegar al cielo a través de caminos diferentes. Esta forma de pensar abre la puerta a diversas consideraciones: que si Dios es una persona o una fuerza, si la Palabra de Dios realmente fue dada por Él, si existe o no la vida eterna, si existe o no el cielo y el infierno, entre otros asuntos importantes.
  • Por su parte, en Europa la identidad cristiana, se vincula a un marcado sentimiento negativo hacia los inmigrantes y las minorías religiosas. En general, los cristianos que se identifican a sí mismos como tales, ya sea que asistan a la iglesia o no, son más propensos a que las personas no afiliadas a la religión manifiesten opiniones negativas respecto a las minorías (inmigrantes, musulmanes y judíos). Sería importante que nos tomáramos el tiempo para revisar la totalidad de la encuesta a fin de tener un panorama más profundo de esta realidad en el mundo.

Esta mínima pincelada al paisaje religioso del cristianismo a nivel mundial me inquieta respecto a una pregunta: ¿Qué identifica a un discípulo de Jesús ante el mundo? Si tomara, de acuerdo a los datos mencionados anteriormente una persona de cada continente, que se identificara como discípulo de Jesús y le realizara esta pregunta, ¿Qué respondería? Seguramente el latino, diría algo como: «He cambiado de vida», el estadounidense respondería: «Es relativamente interpretativo» y el europeo contestaría algo así como: «Celo». Ahora, tómate tu tiempo para meditar en los siguientes interrogantes: Si tuvieras que escoger una característica que te identificara como discípulo de Jesús ante el mundo ¿Cuál escogerías? ¿Qué característica te identifica actualmente como discípulo de Jesús, frente a los que no te conocen? ¿De lo que hasta ahora sabes de la Biblia, cual crees que es la virtud que el mundo debe ver en ti, como discípulo de Jesús? Es importante responder estas preguntas, conforme a la Escritura, ya que la respuesta determinará exponencialmente la visión que el mundo tenga de los cristianos como discípulos del Señor.

PENSAMIENTO A TRAVÉS DEL TIEMPO

Sin duda alguna, la identidad de lo que debe ser un verdadero discípulo a través de los tiempos ha cambiado, y obedece en gran manera a varios factores que han influenciado la iglesia, esto no debería ser así, dado que hemos sido llamados a conservar el mensaje que hemos recibido de nuestro Señor, pero esta ha sido la realidad.

1. LOS PRIMEROS SIGLOS

Si hay alguna actitud que resume la identidad de los primeros cristianos, de acuerdo a sus vivencias, es: la entrega sacrificial. En su libro Que hablen los primeros cristianos, David Bercot, comenta acerca de la vida de Policarpo, la siguiente anécdota, cuando se encontraba a punto de morir como mártir:

«El Procónsul romano, quería poner en libertad a este anciano, pero tenía que aplacar a la gente; —¡maldice a Jesucristo! —ordenó. Por unos momentos Policarpo miró fijamente al rostro severo del procónsul. Luego habló con calma, —por ochenta y seis años he servido a Jesús, y él nunca me ha hecho mal alguno. ¿Cómo, pues, podré maldecir a mi Rey y Salvador? —. Mientras tanto, la multitud se impacientaba más. Querían sangre, y el procónsul lo sabía. Tenía que hacer algo. —Jura por la divinidad de César —le instó otra vez. Pero el prisionero contestó sin demorar: —Ya que usted aparenta no saber quién soy, permítame ayudarle. Digo sin vergüenza que soy un cristiano. Si usted desea saber qué creen los cristianos, señale una hora, y yo con gusto se lo diré. El procónsul se agitó. —No tienes que persuadirme a mí, persuade a ellos —dijo, señalando la multitud impaciente. Policarpo dio un vistazo al tumulto que llenaba la arena, todos éstos que habían venido para ver el espectáculo de sangre. Eso querían, nada menos. — No abarataré las enseñanzas de Jesús ante tales personas, respondió» (Énfasis propio).

Al igual que Policarpo, pienso que no podemos abaratar las enseñanzas de nuestro Señor a pesar de que pasen los tiempos, es por tanto imperativo ceñirnos con celo a todo lo que hemos sido enseñados por Él. Muchos momentos de la historia han sido catastróficos para el cristianismo, y en tales momentos su mayor apología ha sido la confianza que los cristianos han mantenido en las Escrituras.

Los cristianos de los primeros siglos, siempre fueron vistos por los incrédulos, como mártires, aquellos que estaban dispuestos a dar su vida por Aquel que les había salvado y se había entregado a sí mismo en una cruz para darles vida.

2. LA REFORMA

Con la llegada del emperador Constantino al gobierno del Imperio romano, y dada su intención de dirimir las diferencias con el cristianismo mediante el concilio de Nicea, la situación para los cristianos cambió drásticamente. Sin embargo, sus convicciones comenzaron a debilitarse también, de tal modo que existió un aparente sincretismo con los valores de la sociedad, lo que en cierto sentido condujo a una pérdida de la identidad que se había obtenido a través de la persecución.

Luego, pasados varios siglos, Dios, en su soberano poder, iluminó la vida de un sacerdote católico llamado Martin Lutero, para usarlo como el instrumento que realzara nuevamente la identidad del pueblo escogido frente al mundo, y así, refrescar lo que lo diferencia de los demás: «sola scriptura, sola fide, sola gratia».

3. NUESTROS DÍAS

El panorama que hoy se nos muestra es una sociedad, que como nunca, tiene un facilísimo acceso al conocimiento de las Escrituras, y una iglesia cristiana que goza del reconocimiento social, político, cultural y económico casi en todo el mundo. Y esto, aunque parece ser algo bastante positivo, el panorama no es tan alentador cuando comparamos la iglesia en general con su apego a las enseñanzas de nuestro Señor (aunque si dejamos a un lado tales enseñanzas, podríamos hasta sentirnos muy exitosos de los logros alcanzados socialmente). Así pues, para poder estar conscientes y discernir la verdad que trato de expresar, debemos armarnos del mismo pensamiento del profeta Isaías:

«¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Isaías 8:20)

Y es que es necesario indagar las Escrituras, pues ellas son la luz que debe guiar nuestro camino, tanto de día como de noche, y de esta manera poder sentar un punto de reflexión respecto a la identidad que el mundo ve en nosotros como discípulos del Señor.

UN NUEVO MANDAMIENTO

 La inflexión, para dar a conocer cual es la virtud que nos identifica como discípulos de Jesús ante el mundo, desde el escenario de la Palabra de Dios, comienza por algo que Jesús denominó el nuevo mandamiento:

«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros…» (Juan 13:34a)

Si damos una mirada a la Ley, respecto a este tema no vamos a encontrar nada de novedoso en el mandamiento como tal. El libro de la santidad, como es llamado Levíticos, nos menciona lo siguiente:

«No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; yo soy el Señor» (Levíticos 19:18).

Haciendo el paralelismo entre los dos versículos encontraremos algunas diferencias en su gramática y contexto, sin embargo, la idea general del texto es la misma: amar al prójimo en la misma medida que nos amamos a nosotros mismos. Desde la Ley esta era la manera como debíamos relacionarnos con el prójimo. Sin embargo, hay una parte del texto que cita Juan que no hemos descubierto, y es donde Jesús, muestra lo nuevo de este mandamiento, respecto a lo dictado en la Ley:

«… como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Juan 13:35b).

Y acá está lo nuevo de este mandamiento, la regla que medía el amor al prójimo había cambiado, ya no se trataba de amar al prójimo como a uno mismo, sino que se trataba de amarnos los unos a los otros como él nos ha amado. Ahora, si comparamos estas verdades pensaríamos lo siguiente: Amarnos a nosotros mismos puede no tener muchas implicaciones ya que es un proceso individual y subjetivo, de este modo ofreceríamos un amor al prójimo, un tanto defectuoso; sin embargo, amarnos unos a otros como Él nos amó, implica —en primer lugar—conocer de qué manera Él lo hizo, para que así podamos expresar ese mismo amor a los demás, y de esta forma ofrecer un amor perfecto al prójimo. Esta verdad quedó tan grabada en la mente del apóstol Juan, que la observamos como una ley de repetición en sus escritos:

«Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Juan 15:12)

«Esto os mando: Que os améis unos a otros» (Juan 15:17).

«Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado» (1 Juan 3:23).

 Al revisar estos versos nos queda claro que:

  1. JESUS NOS ENTREGA UN MANDAMIENTO: es por tanto necesario comprender que no se trata de una opción, pues en el texto griego se resalta como un imperativo, es una orden impuesta.
  2. JESUS NOS INDICA A QUIENES DEBEMOS AMAR: los unos a los otros. Alguien podría levantar el interrogante de que si solo debemos amar a los consiervos o aquellos que comparten las mismas convicciones nuestras; sin embargo, Jesús nos mostró en los evangelios que debemos amar a nuestros enemigos, a los que nos ultrajan, a los que nos vituperan, a los que nos hacen mal, de esta forma la duda queda disipada.
  3. JESUS NOS INDICA LA MEDIDA EN LA CUAL DEBEMOS AMAR: de la misma manera como Él nos ha amado, esto sugiere la necesidad de internarnos en las Escrituras, con la indispensable ayuda del Espíritu Santo, para aprender a amarnos los unos a los otros en esta dimensión.

EN ESTO CONOCERÁN QUE SON MIS DISCÍPULOS

Siguiendo con la idea del texto, encontramos que Jesús eleva la virtud del amor —mostrado los unos por los otros—, como aquel distintivo que el mundo identificaría a los que son verdaderamente sus discípulos.  

«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35).

Las palabras de Jesús son hasta cierto punto escandalosas en nuestro tiempo, cuando abundan por todos lados las doctrinas de prosperidad, superación, autoayuda, crecimiento personal, entre otras.

Es muy sustancioso para nuestro entendimiento pensar por qué Jesús quiso que esta fuera la virtud mediante la cual el mundo conociera que nosotros somos sus discípulos. Aquellos a los que Jesús llamó para ser sus discípulos eran personas totalmente distintas una de la otra, y provenientes de distintos estratos socioeconómicos. Pedro y Andrés eran pescadores, oficio perteneciente a la clase obrera; Mateo era publicano, un oficio un tanto más sofisticado. Simón el Zenote tenía diferentes ideologías políticas, pues pertenecía a un partido político descendiente de los macabeos (quienes afirmaban que debían luchar a través de la fuerza por establecer el reino de Dios y no dejar que los romanos les impusieron sus leyes), Mateo, por el contrario, era servidor del imperio romano, con diferentes aspiraciones personales. La madre de Santiago y Juan pide a Jesús que sus hijos se puedan sentar al lado de Jesús, cuando viniera en su reino, es decir, ellos querían grandeza, etc. Sin embargo, aun con todas las diferencias que sus discípulos tenían unos de otros logró que se sentaran a la mesa, partian el pan, oraran juntos, se acompañaran en la predicación y en la persecución, pudieran orar los unos por los otros y se amaran unos a otros como Él les había mostrado su amor.

El mismo Jesús nos dio ejemplo al mostrar un amor desbordante por los que le odiaban, le vituperaban, le ultrajaban, aún por los que le crucificaron. Los padres de la iglesia nos enseñan como esa manada pequeña de cristianos podían amar aquellos que disfrutaban siendo sus verdugos, siguiendo el ejemplo de su Señor.

En el cumplimiento de este mandamiento, estaba el resumen de la Ley, el cual nos instruye entendiendo que debe existir dentro de nuestras relaciones la preminencia del amor, y esta a su vez, constituye la virtud que nos evidencia ante el mundo como discípulos de Cristo.

 CONCLUSIÓN

 La respuesta a la pregunta planteada al principio: ¿cuál es la virtud que distingue a los discípulos de Jesús? La contesta el mismo Maestro: el amor de los unos por los otros. Esta es la señal del discipulado. Si existe alguna marca, etiqueta o estigma que debe llevar un discípulo de Jesús en su vida, esta es la marca del amor. Como lo expresa Pablo (parafraseando un poco), mostrándonos el camino de la perfección: si digo que soy discípulo de Cristo y no tengo amor, nada soy.

«… Y ahora les mostraré un camino todavía más excelente» (1 Corintios 12:31).

¡Andemos pues, por ese camino!

Leer artículo «Discipulado o liderazgo»

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